Los dos Londres que caben en uno sólo


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El café 1001En realidad, en las ciudades siempre hay dos ciudades. Hay una en la que viven sus habitantes, y hay otra que es un barrio de una ciudad global, en la que viven las aves de paso o los extranjeros que se asentaron en un lugar sin querer o sin poder mezclarse con los nativos.

En el barrio londinense de esa ciudad me encontré con un orfanato bellísimo. En sus celdas viven Virgilio, Dickens, Paul Auster y Georges Bataille. Es el orfanato de libros del Café 1001, en la calle de Bricklane. El enorme librero que mira desde lo lejos al grupo que toca en vivo alberga regalos de los clientes, y los clientes pueden tomar los libros sin problema, y así dar casa a los huérfanos.

Hace unas horas pude ver también el Londres que viven los londinenses, cuando por azares del destino acabé en el Wetherspoon de Elephant & Castle, al sur de la ciudad. Entrar al lugar tiene la enorme ventaja de ver una ciudad entera resumida en un bar. En la mesa de la ventana, por ejemplo, un padre y su hijo toman café mientras que un hombre borracho perdido convence a su sombra de que “el Fulham va a arrasar mañana“. Dos chicos negros saludan a un chino y a un inglés mientras que, al fondo, una señora con una papada que le cuelga hasta la el pecho toma una cerveza con sus amigas.

Una no es más real que la otra: son simplemente dos ciudades que se superponen, con fronteras difusas pero siempre presentes, y de las que hay que entrar y salir con cuidado de no cerrar la puerta.

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“Turner estuvo aquí: y abrió fuego”


El Helvoetsluys de TurnerViéndolos lado a lado, imaginar la escena es mucho más fácil. Es el momento de los retoques a las obras, y Turner sabe que no tiene tiempo que perder. Sabe que Constable ha hecho una obra maestra. Sabe que Constable también lo sabe, y que espera confiado el veredicto de los jueces. Entonces, Turner pone manos a la obra. Su disparo será tan certero, tan discreto, que su rival, al entrar de nuevo en la sala, tan sólo exclamará: “Turner estuvo aquí. Y abrió fuego”.

La apertura del puente de Waterloo, de ConstableEl tiro que pegó Turner en la sala de la Royal Academy de Londres no mide más de unos centímetros cuadrados. Es una sencillísima boya roja que contrasta contra los fríos colores de su lienzo y le da centro, gravedad y sentido a la composición. Junto a ese cuadro, el de Constable parece un derroche, un exceso de precisión y calidez.

En el secreto de los últimos días, Turner revolucionó la pintura. Menos es más, gritó en cinco pinceladas y un retoque. ¿Para qué tanto óleo?

Pero quien mejor lo explica es el Times de Londres, en un artículo que sin duda vale la pena leer -sobre una exposición que vale muchísimo la pena ir a ver.

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De la falda al niqab: Londres, la ciudad sexy


lookleftLas ciudades adquieren la forma de sus habitantes. Los mapas quedan relegados al olvido. Las distancias las marcan el alto de los tacones y lo apretado de una horma, no los kilómetros del recorrido; la figura está dada por lo que sus habitantes resaltan con la ropa. La forma de Roma es un zapato que brilla y aprieta, o un saco entallado y elegante; la de París, una bufanda rosa que vuela y deja detrás las amarguras; la de Londres va de una falda maravillosamente corta a un niqab pesado y total.

fashionukCaminar por la City londinense es pasar de los pantalones cortos y súper sexies a las tenebras del velo que lo cubre todo menos los ojos y de vuelta a las faldas cortas y los zapatos únicos y maravillosos.

Creo que tiene que ver con los pueblos que han compartido historia. En España, por ejemplo, no se enfrentan tanto los temperamentos porque la principal migración -o al menos la más notoria- es de latinoamericanos y de mediterráneos. Las conquistas españolas de antes y su historia de siempre han hecho que por sus calles se vean algunos velos, pero siempre con un detalle femenino -alguna borla, un detalle que brilla- y muchas faldas reggaetoneras, con el largo inversamente proporcional a la vanidad de quien la porta.

En Gran Bretaña, en cambio, las conquistas son tan distantes que al ingenio y la originalidad de los londinenses se le cruza enfrente lo más lejano y lo exótico. Las saudíes de negro que apenas despegan la vista del suelo se cruzan con la sobriedad de las sirias que, aún con la cara descubierta, llevan el cuerpo tan cubierto que la cara parece también oculta. Por suerte, a esa oscuridad se oponen por las calles la luminosidad de los saris indios, el gusto por el cuerpo y los colores -azules rey, rojos y naranjas intensos- de las subsaharianas que hacen del atuendo un arte.

Sobre todo, brillan las londinenses. Es igual si son zapatos, tenis, botas, botines; si falda, pantalones, saco o una diadema. Todas las prendas tienen una razón de ser, que puede estar en los aretes que coronan los oídos o en la falda que los acompaña medio metro abajo. Nada es gratuito. Todo es trendy. Y a fuerza de trendy, es irremediablemente sexy.

Quizá eso sea lo que hace a Londres lo que es: que a fuerza de mezclarse, a fuerza de elegancia, a punta de trendy styles, toda la ciudad es, en sí, tan sexy como sus habitantes.

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Los aeropuertos, el gris en un mundo en blanco y negro


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Son otros los idiomas, pero todavía no del todo. Los olores son del país que los acoge, pero hay tantos perfumes de fuera que no huelen al lugar donde están. Quienes los habitan pertenecen a grupos muy concretos, pero tan mezclados con otros pueblos que no se puede hablar todavía de un sitio específico. Los aeropuertos son una zona ambigua que une y separa a un país del resto del mundo. Son el gris por antonomasia en un mundo en el que a cada país le gusta jugar a que tiene un color claro y distinto.

gatwick, por Reeway2007Hace un par de días llegué al aeropuerto de Gatwick, camino de Londres. Los vuelos largos siempre desorientan, y el mal sueño -Sandra Bullock en Alaska y vin Diesel todavía más rápido y más furioso no ayudaron- hizo todo aún menos claro. Lo que se ve entre la niebla por el jetlag es más o menos así.

Lo primero que salta son los olores: los pasillos huelen a otros limpiapisos y a otros detergentes. Gatwick, además, huele al curry que comen muchos de los trabajadores, y a otro tipo de smog. Como mi vuelo se mezcló con uno que venía de Ghana en la cola de migración, la vista también cambió: las ropas sorprenden, las fotos cobran vida. Lo exótico queda a unos centímetros y comparte uno de los pocos universales reales: el odio a las filas.

Aparecen luego personajes que son como Maqroll el Gaviero, pero del aire. Gente que no sabe estar en territorios definidos y prefiere los lugares ambiguos, que pasa por el mundo como quien cambia de barrio en una misma ciudad. El que venía en mi vuelo conocía mejor el aeropuerto de la ciudad de México que nadie más en el avión, y salió al aeropuerto de Londres como quien sale a casa de un buen amigo.

Conocí a alguien así fuera de un aeropuerto. Fue en el Café de la Paix, en París. El tipo se tomaba un whisky con una mujer negra guapa y alta hasta decir basta, que le reclamaba por un vestido que le había regalado. Pasaba del inglés que hablaba con su ¿novia/amante/compañera/amiga/colega? al sueco en el celular y al francés exquisito con los camareros. Al oírnos hablar en español giró la cabeza y saludó con acento guatemalteco. Trabajaba para la ONU y, aunque su casa estaba en Estocolmo, no pasaba la noche ahí más que dos meses al año.

Así son los únicos habitantes permanentes de los aeropuertos. Son, otra vez, como Maqroll: gente de todas partes, con códigos propios y ajenos al resto de nosotros, que pasa por los puertos, aeropuertos y ciudades saltando de barrio en barrio. Gente que no soporta los colores: se mueve en las gamas, en los grises, en las fronteras.

Los aeropuertos son por eso la única casa que podrían tener.

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Charles Saatchi: el anti snob que le atinó al gusto snob


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“La presencia de un hirst en una colección es signo seguro de falta de gusto en el coleccionista”, dijo en septiembre del año pasado el crítico Robert Hughes. “Cuando vez hirsts también ves los globos de Jeff Koons, los garabatos drogados de Jean-Michel Basquiat” y otras cosas por el estilo, remató. De hecho, el aprecio enorme y los precios aún mayores de que gozan las obras de esos tres artistas son considerados no sólo signo de mal gusto para muchos, sino de esnobismo ramplón. Quien piense así se verá muy sorprendido con la entrevista que The Guardian publicó con el hombre que los llevó a los tres a Gran Bretaña y que es, con mucho, el mayor responsable de su éxito atronador:  Charles Saatchi.

Una de las obras de Jeff KoonsAdemás de que a mí me encantaría poder decir “compro lo que me gusta y luego veo si lo vendo”, y escribir cifras con más ceros de los que quisiera imaginar en una chequera, me impresionó lo directo y sin rodeos con que habla Saatchi, EL coleccionista de arte contemporáneo.

Explica, por ejemplo, las dificultades de invertir en arte y las resuelve por la única vía posible: el gusto. “El arte no es una inversión a menos que tengas mucha, mucha suerte y puedas vencer a los profesionales del tema”, dice. “Compra simplemente algo que realmente te guste y que te dará el equivalente al precio en placer”.

Pero mejor leerlo en directo, en este vínculo.

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El matrimonio de un edificio y un instrumento, gracias a David Byrne


Un piano al que le cambiaron las entrañas, un montón de cables, una manguera enorme, motores, martillos y un enchufe. Con eso, David Byrne convirtió el foro Roundhouse, de Londres, en el Reino Unido, en un instrumento que envuelve a la audiencia.

Según el líder de los Talking Heads, además de la magia de convertir un edificio en una enorme forma de hacer música, su instalación tiene la gracia de democratizar un instrumento: como del piano sólo quedó la interfaz, todavía no hay virtuosos del foro Roundhouse: todos los tocan igual de bien o mal, dependiendo de las ganas que traigan.

Vía: JSHM

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Los libros más vendidos… y los que nadie quiere en su librero


Foto por Friksodude. Para ver la imagen completa, haz click aquí.

Cruzando un dato que hoy dio Oxfam con lo que dicen las editoriales, hay una extraña simetría que podría llevar a una conclusión: a la gente no le gusta que los bestsellers pueblen sus libreros. Uno de los libros que más ejemplares ha vendido en la historia, El código da Vinci, de Dan Brown, es también el más donado a las librerías de usado de Oxfam.

En general, los libros que la gente ha regalado -las cifras son sobre todo de Gran Bretaña- son bestsellers de hace algún tiempo, como los de Stephen King, JK Rowling, Catherine Cookson, Patricia Cornwell y Mills & Boon, aunque sé de más de uno que no se desprenderá en años de Harry Potter. Viendo la lista de los libros más vendidos de esta semana en EFE, me quedó la duda de cuáles será los destinados a venderse de nuevo, ya sea por metro y en muchos colorcitos para adornar paredes, o en precio de saldo en librerías de viejo o caritativas.

Aquí la lista. Hagan sus apuestas.

MÉXICO:

Ficción:

- “Gel azul” – Bernardo Fernández (Punto de Lectura).

- “Nocturna” – Guillermo del Toro (Suma de Letras).

- “Crepúsculo: diario de la directora” – Catherine Hardwicke (Alfaguara).

- “Luna nueva” – Stephenie Meyer (Alfaguara).

No ficción:

- “Dibujo para artistas por descubrir” – Quentin Blake (Novelty).

- “Las grandes traiciones de México” – Francisco Martin Moreno (Alfaguara).

- “La filosofía de House: Todos mienten” – William Irwin (Selector).

- “Proceso de la entrevista: los conceptos y los modelos” – Alejandro Acevedo (Limusa).

Fuente: Librería Gandhi.

ALEMANIA:

Ficción:

- “Bis(s) zum Abendrot” – Stephenie Meyer (Carlsen).

- “Bis(s) zum Ende der Nacht” – Stephenie Meyer (Carlsen).

- “Tante Inge haut ab” – Dora Heldt (dtv).

- “Mängelexemplar” – Sarah Kuttner (S. Fischer).

No ficción:

- “Glück kommt selten allein…” – Eckart von Hirschhausen (Rowohlt).

- “Wer bin ich – und wenn ja, wie viele?” – Richard David Precht (Goldmann).

- “Unvollständige Erinnerungen” – Inge Jens (Rowohlt).

- “Liebe – Ein unordentliches Gefühl” – Richard David Precht (Goldmann).

Fuente: Semanario “Der Spiegel”.

ARGENTINA:

Ficción:

- “Las grietas de Jara” – Claudia Piñeiro (Alfaguara).

- “La reina en el palacio de las corrientes de aire” – Stieg Larsson (Destino).

- “Los hombres que no amaban a las mujeres” – Stieg Larsson (Destino).

- “La trampa” – John Grisham (Plaza & Janés).

No ficción:

- “Pobre patria mía!” – Marcos Aguinis (Sudamericana).

- “Lo que no digo cantando” – Ricardo Montaner (Nelson).

- “El secreto” – Rhonda Byrne (Urano).

- “Emociones tóxicas” – Bernardo Stamateas (Vergara Editor).

Fuente: Puntos de venta del Grupo Ilhsa S.A.

BRASIL:

Ficción:

- “A Cabana” – William P. Young (Sextante).

- “Kit Stephenie Meyer: Crepúsculo + Lua Nova + Eclipse + Amanhecer” – Stephenie Meyer (Intrínseca)

- “Amanhecer” (Livro 4) – Stephenie Meyer (Intrínseca).

- “Eclipse” (Libro 3) – Stephenie Meyer (Intrínseca).

No ficción:

- “Resistência – A História de uma Mulher que Desafiou Hitler” – Agnes Humbert (Nova Fronteira).

- “Comer, rezar, amar” – Elizabeth Gilbert (Objetiva).

- “A Volta – A Incrível e Real História da Reencarnação de James Huston Jr” – Andrea Leininger, Bruce Leininger (Best Seller Ltda)

- “Uma Vida com Propósitos – Você Não Está Aqui Por Acaso” – Rick Warren.

Fuente: Red de librerías Saraiva.

COLOMBIA:

Ficción:

- “El mariscal que vivió de prisa” – Mauricio Vargas (Planeta).

- “La reina en el palacio de las corrientes” – Stieg Larsson (Planeta).

- “Ella que todo lo tuvo” – Ángela Becerra (Planeta).

- “Los hombres que no amaban a las mujeres” – Stieg Larsson (Planeta).

No ficción:

- “Años en silencio” – Óscar Tulio Lizcano (Planeta).

- “Las fantásticas. Las mujeres del cartel” – López/Ferrand- (JVK y CIA S en C).

- “Mis memorias” – Alfonso López Michelsen (JVK y CIA S en C).

- “Cómo no meter la pata” – Kent/Villegas (Villegas asociados).

Fuente: Librería Nacional.

ESPAÑA:

Ficción:

- “La reina en el palacio de las corrientes del aire” – Stieg Larsson (Destino).

- “Los hombres que no amaban a las mujeres” – Stieg Larsson (Destino).

- “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” – Stieg Larsson (Destino).

- “La mano de Fátima” – Ildefonso Falcones (Grijalbo Mondadori).

No ficción:

- “El secreto” – Rhonda Byrne (Urano).

- “Poderosa mente: La curación está en tu interior” – Bernabé Tierno (Temas de Hoy).

- “España puede salir de la crisis” – José María Aznar (Planeta).

- “Piensa, es gratis” – Joaquín Lorente (Planeta).

Fuente: Casa del Libro y El Corte Inglés.

ESTADOS UNIDOS:

Ficción:

- “Bad Moon Rising” – Sherrilyn Kenyon (St. Martin).

- “The Old Cape Magic” – Richard Russo (Knopf).

- “The Help” – Kathryn Stockett (Amy Einhorn/Putnam).

- “The Girl Who Played With Fire” – Stieg Larsson (Knopf).

No ficción:

- “Culture of Corruption” – Michelle Malkin (Regnery).

- “Outliers” – Malcolm Gladwell (Little, Brown).

- “In the President’s Secret Service” – Ronald Kessler (Crown).

- “Catastrophe” – Dick Morris, Eileen McGann(Harper/HarperCollins).

Fuente: The New York Times.

FRANCIA:

Ficción:

- “Le premier jour” – Marc Levy (Robert Laffont).

- “Le Cercle Litteraire des Amateurs d’Epluchures de Patates” – Annie Barrows, Mary Ann Shaffer (NIL).

- “Fascination (4). Révélation” – Stephenie Meyer (Hachette jeunesse).

- “Fascination (2). Tentation” – Stephenie Meyer (HACHETTE).

No ficción:

- “Le Lièvre de Patagonie” – Claude Lanzmann (Gallimard).

- “Michael for ever” – Laurent Lavige (Hugo & Cie).

- “Lettre ouverte aux bandits de la finance” – Jean Montaldo (Albin Michel).

- “D-Day et la bataille de Normandie” – Antony Beevor (CALMANN-LEVY).

Fuente: Revista “L’Express”.

ITALIA:

Ficción:

- “Zia Mame” – Patrick Dennis (Adelphi).

- “La danza del gabbiano” – Andrea Camilleri (Sellerio).

- “Uomini che odiano le donne” – Stieg Larsson (Marsilio).

- “Il gioco dell’angelo” – Carlos Ruiz Zafón (Mondadori).

No ficción:

- “Vaticano S.p.A” – Gianluigi Nuzzi (Chiare Lettere).

- “Papi. Uno scandalo politico” – Marco Travaglio, Peter Gómez, Marco Lillo (Chiare Lettere).

- “La bellezza e l’inferno” – Roberto Saviano (Mondadori).

- “Caritas in veritate” – Papa Benedicto XVI (Libreria Editrice Vaticana).

Fuente: La Feltrinelli.

PORTUGAL:Ficción:

- “No teu deserto” – Miguel Sousa Tavares (Oficina do Livro).

- “Jerusalem” – Mia Couto (Editorial Caminho).

- “A Historia de Edgar Sawtelle” – David Wroblewski (Bertrand Editora).

- “Lua Nova” – Stephenie Meyer (Gailivro).

No ficción:

- “Ficheiros secretos da descolonizaçao de Angola” – Leonor Figueiredo (Alêtheia Editores).

- “A obsessao do fogo” – Umberto Eco y Jean-Claude Carriere (Difel).

- “Ser bom nao chega” – Atul Gawande (Lua de Papel).

- “Perceber a crise para encontrar o caminho” – Vítor Bento (Bnomics).

Fuente: Bertrand Livreiros y Fnac Portugal.

REINO UNIDO:

Ficción:

- “Sapphire” – Katie Price (Century).

- “The Gladiator” – Simon Scarrow (Headline).

- “Twenties girl” – Sophie Kinsella (Bantam Press).

- “The price of love” – Peter Robinson (Hoddler).

No ficción:

- “Michael Jackson: life of a legend” – Michael Heatley (Headline).

- “D-Day” – Antony Beevor (Viking).

- “Michael Jackson: legend, hero, icon” – James Aldis (Harper Collins).

-”The storm of war” – Andrew Roberts (Allen Lane).

Fuente: The Sunday Times.

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Virginia Woolf en la BBC: las palabras libérrimas


De tanto en tanto, los escritores escriben sobre las palabras, y explican o halagan a la herramienta de la que son amos y esclavos a la vez. Otras veces, en cambio, el elogio va incrustado en textos o discursos que casi sonarían a reproche, pero en realidad son declaraciones de un amor absoluto y, ciertamente, irremediable. En el primer caso está, por ejemplo, Gabriel García Márquez, con su Botella al mar para el dios de las palabras. En el segundo, está Virginia Woolf, con este texto que rescató hoy The Book Bench de The New Yorker, y que es además la única grabación conocida de la autora de Orlando.

Se trata de la contribución de Woolf a la serie Las palabras me fallan (Words fail me) que hizo la BBC en 1937. Aquí el video, debajo la traducción. El texto en inglés se puede leer aquí.

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Las palabras, las palabras del inglés, están llenas de ecos, de memorias, de asociaciones. Han estado por todas partes: en los labios de la gente, en las calles, en sus casas, en los campos, por tantos siglos. Y esa es una de las principales dificultades para escribirlas hoy: están llenas de otros significados, de otras memorias, y han contraído muchos matrimonios famosos en el pasado. La espléndida palabra “enrojecer”, por ejemplo. ¿Quién puede usarla sin recordar el “mar innumerable”? En los viejos tiempos, por supuesto, el inglés era una nueva lengua, los escritores podían inventar nuevas palabras y usarlas. Hoy en día, es bastante fácil inventar nuevas palabras -brotan a los labios cuando vemos una nueva vista o tenemos una nueva sensación- pero no podemos usarlas porque el inglés es una lengua vieja. No se puede usar una palabra nueva en un lenguaje viejo por el hecho tan obvio pero siempre misterioso de que una palabra no es una entidad distinta y separada, sino parte de otras palabras. En efecto, no es una palabra hasta que no es parte de un enunciado. Las palabras pertenecen las unas a las otras, aunque, claro, sólo un gran poeta sabe que la palabra “enrojecer” pertenece al “mar innumerable”. Combinar nuevas palabras con viejas palabras es fatal para la constitución de un enunciado. Para poder usar nuevas palabras con propiedad se debe inventar todo un nuevo lenguaje, y eso, aunque sin duda llegará, no es por el momento nuestro asunto. Nuestro asunto es ver qué podemos hacer con la vieja lengua inglesa tal como es. ¿Cómo podemos combinar las viejas palabras con nuevos órdenes para que puedan sobrevivir, para que creen belleza, para que digan verdad? Ese es el dilema.
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La persona que pudiera responder esa pregunta merecería cualquier corona de gloria que el mundo pueda ofrecer. Pensar en lo que significaría si se pudiera enseñar, o si se pudiera aprender el arte de escribir. Cada libro, cada periódico que se tomara, dirían verdad o crearían belleza. Pero hay, parece ser, algún obstáculo en el caminio, algún impedimento en la enseñanza de las palabras, pues aunque en este momento al menos cien profesores están dando cátedra sobre la literatura del pasado, al menos mil críticos revisan la literatura del presente y cientos y cientos de jóvenes hombres y mujeres pasan exámenes de literatura en inglés con todo crédito, pese a todo eso, ¿escribimos mejor, leemos mejor lo que leímos y escirbimos hace 400 años, cuando no teníamos cátedras, ni críticas, ni clases? ¿Nuestra moderna literatura georgiana es un parche de la isabelina? Bueno, ¿dónde pondremos la culpa por ello? No en nuestros profesores, o en nuestros editores, o en nuestros escritores, sino en las palabras. Es sobre las palabras sobre quienes cae la culpa. Son la más salvaje, libre, la más irresponsable, la más inenseñable de todas las cosas. Por supuesto, puedes atraparlas y distribuirlas y colocarlas en orden alfabético en los diccionarios. Pero las palabras no viven en diccionarios. Viven en la mente. Si se quiere una prueba de ello, que se considere cuán seguido, en momentos de emoción, cuando más necesitamos las palabras, no encontramos ninguna. Y sin embargo, ahí está el diccionario; ahí, a nuestra disposición, está medio millón de palabras, todas en orden alfabético. Pero, ¿podemos usarlas? No, porque las palabras no viven en diccionarios, viven en la mente. Mira una vez más al diccionario. Ahí, más allá de toda duda, yacen obras más espléndidas que Antonio y Cleopatra, poemas más amorosos que la Oda al ruiseñor, y novelas junto a las cuáles Orgullo y prejuicio o David Copperfield son garabatos crudos de amateurs. Es sólo cuestión de encontrar las palabras correctas y ponerlas en el orden adecuado. Pero no podemos hacerlo porque no viven en diccionarios; viven en la mente. ¿Y cómo viven en la mente? En forma extraña y variada, en gran parte como los seres humanos, deambulando de aquí para allá, enamorándose, juntándose. Es cierto que están menos atadas por la ceremonia y la convención que nosotros. Las palabras de la realeza se juntan con las comunes. Las palabras inglesas se casan con las francesas, las alemanas, las indias, las negras, si así lo quieren. En efecto, cuanto menos indaguemos en el pasado de nuestra querida madre Inglés, mejor será para la reputación de esa señora, pues es una doncella amancebada como las de Amsterdam.
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Por tanto, imponer cualquier ley a vagabundos tan irreprochables es peor que inútil. Unas cuantas reglas triviales de gramática y ortografía es cuanta mordaza podemos ponerles. Todo lo que podemos decir sobre ellas, conforme nos aparejamos con ellas a la orilla de esa caverna honda, oscura y apenas iluminada en la que viven -la mente-, todo lo que podemos decir de ellas que es que parece gustarles la gente que piensa antes de usarlas, y que siente antes de usarlas, pero no piensa y siente sobre ellas, sino sobre algo completamente diferente. Son altamente sensibles, y fácilmente se incomodan y apenan. No les gusta que se discuta su pureza o impureza. Si se abriera una Sociedad por el Inglés Puro, mostrarían su resentimiento iniciando otro inglés impuro, y de ahí la antinatural violencia de gran parte del discurso moderno, en protesta contra los puritanos. Son muy democráticas, también. Piensan que una palabra es tan buena como la otra, y las palabras mal educadas tan buenas como las educadas, y las incultas tan buenas como las cultas: no hay rangos ni títulos en su sociedad. Tampoco les gusta ser elevadas en el punto de una pluma y examinadas por separado. Se pasean juntas, en enunciados, en párrafos -a veces en páginas enteras a la vez. Odian ser útiles, odian hacer dinero, odian que se les den lecciones en público. En pocas palabras, odian cualquier cosa que les estampe un significado o las confine a una actitud, pues su naturaleza es cambiar.
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Quizá esa sea su mayor peculiareidad: su necesidad de cambio. Es porque la verdad que tratan de atrapar tiene muchos tamaños, y la transportan adquiriendo muchos tamaños, corriendo para aquí, luego para allá. Por eso, significan una cosa para una persona, otra cosa para otra persona; son ininteligibles para una generación, directas como una lanza para la siguiente. Y es por esta complejidad, este poder para significar distintas cosas para distintas personas, que sobreviven. Quizás, entonces, una razón por la que no tenemos un gran poeta, novelista o crítico que escriba hoy es que nos negamos a permitir a las palabras su libertad. Las encajamos en un significado, su significado útil, el significado que nos hace llegar al tren, el que nos hace pasar el examen.
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William Golding: el señor de las moscas también vivía en él


El señor de las moscasLa literatura muchas veces sirve para exorcizar nuestros demonios confesándolos en un personaje o en muchos, y eso es lo que hizo William Golding en El señor de las moscas, según reveló el diario británico Daily Mail este lunes. Golding trató de violar a una chica dos años menor que él cuando tenía 18 años, y prácticamente experimentó con niños para averiguar su naturaleza, en lo que podría ser una especie de versión real de algunos episodios de la novela que lo llevó a la historia.Según documentos que un profesor de Oxford, John Carey, ha estado estudiando, Golding era de una enorme crueldad, aunque también supo controlarla. En las memorias inéditas que Carey halló, tituladas Hombres, mujeres y ahora, una especie de confesión a su esposa, Golding confiesa no sólo el intento de violación y un enorme apetito sexual desde que tenía 13 años, sino también que, cuando dio clases, puso en marcha los mecanismos que después narraría en El señor de las moscas.

En los papeles que Carey revisó, Golding recuerda que “azuzaba el antagonismo” entre los niños a los que daba clases para estudiar sus reacciones. Haciendo “ciencia experimental” les daba, dijo, más libertad para portarse como quisieran. “Les di todavía más y mis ojos se salían como paros orgánicos conforme veía lo que pasaba”, escribió. Quién sabe qué hubiera pasado si en medio pone una caracola y una cabeza de cerdo.

Quizá de esa experiencia sacó algunos de los materiales que le permitieron después escribir una obra maestra de la talla de El señor de las moscas, en la que un grupo de niños que se estrellan en una isla desierta van poco a poco descendiendo a niveles cada vez más y más crueles de salvajismo, aterrados por el señor de las moscas, por la bestia que vive en ellos y que ellos mismos alimentaron y crearon. (La trama de la novela, con un aviso enorme de spoiler, se puede leer en este vínculo.)

Hay veces en que la literatura es exorcismo de uno y espejo de todos, o al menos de una parte de todos. Este espejo que descubrió Carey se podrá leer desde el 3 de septiembre, cuando el académico publique su libro.

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Damien Hirst, el unicornio y la eterna polémica


Hay un gran revuelo entre los medios británicos por una exposición en Bristol que incluirá El sueño del niño 2008 de Damien Hirst, que muestra a un unicornio conservado en una vitrina llena de formaldehído -la obra tiene una contraparte también, pero es más bien tétrica y mejor dejarla en este link. Será la primera vez que esta obra llegue a Gran Bretaña y, como suele ocurrir cuando hay noticias sobre Hirst, comenzaron ya los debates y reproches entre partidarios y detractores del artista.

El Sueño de un niño 2008

De los partidarios se escuchan los elogios conocidos -la novedad de sus planteamientos, lo impactante de su obra, la maestría de su técnica. De los detractores, también, aunque casi todos parecen haberse resumido antes en un sólo texto, de hace un año. Cuando Hirst anunció que vendería su obra él mismo y que prescindiría de una galería o de una casa de subastas, el crítico Robert Hughes arremetió contra él en The Guardian. “La presencia de un hirst en una colección es signo de tontería del propietario”, dijo en el texto. “Damien Hirst no es más que un pirata”, remató.

No sé si sea un pirata o no, lo que sé es que siempre se las ingenia para aparecer en todas partes, y siempre logra impactar a quien lo ve. La sorpresa y la belleza de sus obras son difíciles de negar. Para quien no lo crea, aquí hay una galería con varias de sus piezas.

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Vía: Hoy es Arte

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