September 21st, 2009
Los aeropuertos, el gris en un mundo en blanco y negro
Son otros los idiomas, pero todavía no del todo. Los olores son del país que los acoge, pero hay tantos perfumes de fuera que no huelen al lugar donde están. Quienes los habitan pertenecen a grupos muy concretos, pero tan mezclados con otros pueblos que no se puede hablar todavía de un sitio específico. Los aeropuertos son una zona ambigua que une y separa a un país del resto del mundo. Son el gris por antonomasia en un mundo en el que a cada país le gusta jugar a que tiene un color claro y distinto.
Hace un par de días llegué al aeropuerto de Gatwick, camino de Londres. Los vuelos largos siempre desorientan, y el mal sueño -Sandra Bullock en Alaska y vin Diesel todavía más rápido y más furioso no ayudaron- hizo todo aún menos claro. Lo que se ve entre la niebla por el jetlag es más o menos así.
Lo primero que salta son los olores: los pasillos huelen a otros limpiapisos y a otros detergentes. Gatwick, además, huele al curry que comen muchos de los trabajadores, y a otro tipo de smog. Como mi vuelo se mezcló con uno que venía de Ghana en la cola de migración, la vista también cambió: las ropas sorprenden, las fotos cobran vida. Lo exótico queda a unos centímetros y comparte uno de los pocos universales reales: el odio a las filas.
Aparecen luego personajes que son como Maqroll el Gaviero, pero del aire. Gente que no sabe estar en territorios definidos y prefiere los lugares ambiguos, que pasa por el mundo como quien cambia de barrio en una misma ciudad. El que venía en mi vuelo conocía mejor el aeropuerto de la ciudad de México que nadie más en el avión, y salió al aeropuerto de Londres como quien sale a casa de un buen amigo.
Conocí a alguien así fuera de un aeropuerto. Fue en el Café de la Paix, en París. El tipo se tomaba un whisky con una mujer negra guapa y alta hasta decir basta, que le reclamaba por un vestido que le había regalado. Pasaba del inglés que hablaba con su ¿novia/amante/compañera/amiga/colega? al sueco en el celular y al francés exquisito con los camareros. Al oírnos hablar en español giró la cabeza y saludó con acento guatemalteco. Trabajaba para la ONU y, aunque su casa estaba en Estocolmo, no pasaba la noche ahí más que dos meses al año.
Así son los únicos habitantes permanentes de los aeropuertos. Son, otra vez, como Maqroll: gente de todas partes, con códigos propios y ajenos al resto de nosotros, que pasa por los puertos, aeropuertos y ciudades saltando de barrio en barrio. Gente que no soporta los colores: se mueve en las gamas, en los grises, en las fronteras.
Los aeropuertos son por eso la única casa que podrían tener.



Hace cinco años, Adbusters, la revista canadiense de antipublicidad, se puso a
Hay pocas cosas verdaderamente universales en el mundo. Bobby McFerrin
Caster Semenya, esa chica que
Hay otros dos casos que curiosamente también vienen de Francia. Uno es el de 



Su modus operandi, al menos en la parte de la ejecución, es bastante simple, pero requiere rapidez, seguridad y precisión: dos o más miembros de la banda entran en una joyería con un mazo o algo igual de contudente en la mano; amagan a los dependientes o a quien esté ahí, rompen los cristales de las vitrinas y se llevan lo que pueden. Sus botines suelen valorarse en millones, y ya son una leyenda. Son “La Banda de la Pantera Rosa”.