Los dos Londres que caben en uno sólo


lookleft

El café 1001En realidad, en las ciudades siempre hay dos ciudades. Hay una en la que viven sus habitantes, y hay otra que es un barrio de una ciudad global, en la que viven las aves de paso o los extranjeros que se asentaron en un lugar sin querer o sin poder mezclarse con los nativos.

En el barrio londinense de esa ciudad me encontré con un orfanato bellísimo. En sus celdas viven Virgilio, Dickens, Paul Auster y Georges Bataille. Es el orfanato de libros del Café 1001, en la calle de Bricklane. El enorme librero que mira desde lo lejos al grupo que toca en vivo alberga regalos de los clientes, y los clientes pueden tomar los libros sin problema, y así dar casa a los huérfanos.

Hace unas horas pude ver también el Londres que viven los londinenses, cuando por azares del destino acabé en el Wetherspoon de Elephant & Castle, al sur de la ciudad. Entrar al lugar tiene la enorme ventaja de ver una ciudad entera resumida en un bar. En la mesa de la ventana, por ejemplo, un padre y su hijo toman café mientras que un hombre borracho perdido convence a su sombra de que “el Fulham va a arrasar mañana“. Dos chicos negros saludan a un chino y a un inglés mientras que, al fondo, una señora con una papada que le cuelga hasta la el pecho toma una cerveza con sus amigas.

Una no es más real que la otra: son simplemente dos ciudades que se superponen, con fronteras difusas pero siempre presentes, y de las que hay que entrar y salir con cuidado de no cerrar la puerta.

  • Share/Bookmark


De la falda al niqab: Londres, la ciudad sexy


lookleftLas ciudades adquieren la forma de sus habitantes. Los mapas quedan relegados al olvido. Las distancias las marcan el alto de los tacones y lo apretado de una horma, no los kilómetros del recorrido; la figura está dada por lo que sus habitantes resaltan con la ropa. La forma de Roma es un zapato que brilla y aprieta, o un saco entallado y elegante; la de París, una bufanda rosa que vuela y deja detrás las amarguras; la de Londres va de una falda maravillosamente corta a un niqab pesado y total.

fashionukCaminar por la City londinense es pasar de los pantalones cortos y súper sexies a las tenebras del velo que lo cubre todo menos los ojos y de vuelta a las faldas cortas y los zapatos únicos y maravillosos.

Creo que tiene que ver con los pueblos que han compartido historia. En España, por ejemplo, no se enfrentan tanto los temperamentos porque la principal migración -o al menos la más notoria- es de latinoamericanos y de mediterráneos. Las conquistas españolas de antes y su historia de siempre han hecho que por sus calles se vean algunos velos, pero siempre con un detalle femenino -alguna borla, un detalle que brilla- y muchas faldas reggaetoneras, con el largo inversamente proporcional a la vanidad de quien la porta.

En Gran Bretaña, en cambio, las conquistas son tan distantes que al ingenio y la originalidad de los londinenses se le cruza enfrente lo más lejano y lo exótico. Las saudíes de negro que apenas despegan la vista del suelo se cruzan con la sobriedad de las sirias que, aún con la cara descubierta, llevan el cuerpo tan cubierto que la cara parece también oculta. Por suerte, a esa oscuridad se oponen por las calles la luminosidad de los saris indios, el gusto por el cuerpo y los colores -azules rey, rojos y naranjas intensos- de las subsaharianas que hacen del atuendo un arte.

Sobre todo, brillan las londinenses. Es igual si son zapatos, tenis, botas, botines; si falda, pantalones, saco o una diadema. Todas las prendas tienen una razón de ser, que puede estar en los aretes que coronan los oídos o en la falda que los acompaña medio metro abajo. Nada es gratuito. Todo es trendy. Y a fuerza de trendy, es irremediablemente sexy.

Quizá eso sea lo que hace a Londres lo que es: que a fuerza de mezclarse, a fuerza de elegancia, a punta de trendy styles, toda la ciudad es, en sí, tan sexy como sus habitantes.

  • Share/Bookmark


Los aeropuertos, el gris en un mundo en blanco y negro


lookleft

Son otros los idiomas, pero todavía no del todo. Los olores son del país que los acoge, pero hay tantos perfumes de fuera que no huelen al lugar donde están. Quienes los habitan pertenecen a grupos muy concretos, pero tan mezclados con otros pueblos que no se puede hablar todavía de un sitio específico. Los aeropuertos son una zona ambigua que une y separa a un país del resto del mundo. Son el gris por antonomasia en un mundo en el que a cada país le gusta jugar a que tiene un color claro y distinto.

gatwick, por Reeway2007Hace un par de días llegué al aeropuerto de Gatwick, camino de Londres. Los vuelos largos siempre desorientan, y el mal sueño -Sandra Bullock en Alaska y vin Diesel todavía más rápido y más furioso no ayudaron- hizo todo aún menos claro. Lo que se ve entre la niebla por el jetlag es más o menos así.

Lo primero que salta son los olores: los pasillos huelen a otros limpiapisos y a otros detergentes. Gatwick, además, huele al curry que comen muchos de los trabajadores, y a otro tipo de smog. Como mi vuelo se mezcló con uno que venía de Ghana en la cola de migración, la vista también cambió: las ropas sorprenden, las fotos cobran vida. Lo exótico queda a unos centímetros y comparte uno de los pocos universales reales: el odio a las filas.

Aparecen luego personajes que son como Maqroll el Gaviero, pero del aire. Gente que no sabe estar en territorios definidos y prefiere los lugares ambiguos, que pasa por el mundo como quien cambia de barrio en una misma ciudad. El que venía en mi vuelo conocía mejor el aeropuerto de la ciudad de México que nadie más en el avión, y salió al aeropuerto de Londres como quien sale a casa de un buen amigo.

Conocí a alguien así fuera de un aeropuerto. Fue en el Café de la Paix, en París. El tipo se tomaba un whisky con una mujer negra guapa y alta hasta decir basta, que le reclamaba por un vestido que le había regalado. Pasaba del inglés que hablaba con su ¿novia/amante/compañera/amiga/colega? al sueco en el celular y al francés exquisito con los camareros. Al oírnos hablar en español giró la cabeza y saludó con acento guatemalteco. Trabajaba para la ONU y, aunque su casa estaba en Estocolmo, no pasaba la noche ahí más que dos meses al año.

Así son los únicos habitantes permanentes de los aeropuertos. Son, otra vez, como Maqroll: gente de todas partes, con códigos propios y ajenos al resto de nosotros, que pasa por los puertos, aeropuertos y ciudades saltando de barrio en barrio. Gente que no soporta los colores: se mueve en las gamas, en los grises, en las fronteras.

Los aeropuertos son por eso la única casa que podrían tener.

  • Share/Bookmark