
Hay un Museo de la Ciudad de México en la calle de Pino Suárez esquina con Uruguay, en el Centro.
De esos museos que antes fueron lujosas casas de condes. De condes que tuvieron hijas y de hijas que se casaron con el artista, acá, todo pintor, todo formal. Todo impresionista, todo paisajista, todo Joaquín Clausell, amigo de los de la época, de Diego Rivera, de tal y tal.
Pero Joaquín Clausell se habrá sentido incómodo. Seguramente.
Vivía en la casona del suegro. De los condes de Santiago de Calimaya quienes quieran que sean. Y Clausell debía pintar cosas ad hoc: arbolitos, nubecitas, volcancitos, hojitas, paisajitos que pasaron a la historia de México como impresionistas, mal expuestas sin un marco ni nada.
Hay unas cuantas en la casona, por ahí en la pared del segundo piso que nadie visita.
Hay un tercer piso, añadido, que tampoco nadie visita. Fue el estudio de Clausell, el espacio de Clausell, su escape. Donde, quiero suponer, no entraba ni el suegro ni la esposa ni nadie más que sus amigos.
Ahora todos ellos están muertos y quien quiera puede subir al tercer piso y reconocer que Clausell pintaba lienzos para vender hacia afuera con azulitos, verdecitos y blanquitos. Pero cuando pintaba hacia dentro, en su cueva, pintó las paredes con las tripas y el corazón y el cerebro, acabando por tapizar su estudio con bocetos, siluetas, rostros, escenas y locura. Cuatro paredes repletas de su obra más personal, unos 23 metros de largo, 8 de ancho y 5 de alto.
Entonces uno va caminando por la calle de Pino Suárez esquina con República del Salvador, entra al tercer piso y se topa con el estudio de Joaquín Clausell.


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