“Un agónico verde helado Greco, / un verde musgo legamoso Greco, / un disecado verde vidrio Greco, / un verde roto Greco.” Eso vió Rafael Alberti en El Greco y eso vi yo en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México. Vi los rostros pálidos, ajados, de El Greco en la exposición que reúne 47 cuadros suyos en las salas del palacio. Vi sus mantos que, con todo y lo rojo, siguen siendo verdes. Vi las manos y los pies que pintó, como de señorita lista para calzarse el guante o la zapatilla, a santos y condes.
Vi también una ciudad que parece adorar la cultura. No hay exposición que no esté a tope -si son el Zócalo y con bombo y platillo, decir que están a tope es quedarse corto-, y era la una de la tarde de un viernes y no había cuadro sin media docena de espectadores.
Impresiona la muerte verde y blanca en el rostro del conde de Orgaz, y los ojos del niño que lo señala como advirtiendo: “Sigues tú”. Impactan sus trazos translúcidos, seguros y difusos, con los que da un cierto toque espectral a los rostros y la carne.
Me maravilló también la precisión de Alberti: el Greco es eso, es verde, es agónico, es helado, legamoso. Y es genial.

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