En los papeles que Carey revisó, Golding recuerda que “azuzaba el antagonismo” entre los niños a los que daba clases para estudiar sus reacciones. Haciendo “ciencia experimental” les daba, dijo, más libertad para portarse como quisieran. “Les di todavía más y mis ojos se salían como paros orgánicos conforme veía lo que pasaba”, escribió. Quién sabe qué hubiera pasado si en medio pone una caracola y una cabeza de cerdo.
Quizá de esa experiencia sacó algunos de los materiales que le permitieron después escribir una obra maestra de la talla de El señor de las moscas, en la que un grupo de niños que se estrellan en una isla desierta van poco a poco descendiendo a niveles cada vez más y más crueles de salvajismo, aterrados por el señor de las moscas, por la bestia que vive en ellos y que ellos mismos alimentaron y crearon. (La trama de la novela, con un aviso enorme de spoiler, se puede leer en este vínculo.)
Hay veces en que la literatura es exorcismo de uno y espejo de todos, o al menos de una parte de todos. Este espejo que descubrió Carey se podrá leer desde el 3 de septiembre, cuando el académico publique su libro.
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