Blondin, el funambulista: 150 años de la hazaña del Niágara


Hoy, hace 150 años, sobre la garganta de las cataratas del Niágara había tendido el cable, y sobre el cable caminaban dos hombres. Uno -el que se asía con cuidado de los miembros de su compañero- era el representante del otro, que avanzaba con paso firme y el balancín firmemente cogido, la mirada fija en un punto en el horizonte. De su nombre pocos se acuerdan, pero su pseudónimo ha pasado a la historia: lo llamaban Blondin, el funambulista.

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Blondin ya era uno de los grandes de Europa. Había tenido varias apariciones en varias plazas, para espanto del público y gloria de su nombre, pero su máximo logro estaba aún por verse. El 30 de junio de 1859, se sentó tranquilamente en el lado estadunidense del río y subió al cable. Paso a paso, con el balancín perpendicular al hilo, llegó a Canadá atravesando el Niágara.

Con aquello ya había hecho historia, pero no le bastó. Volvió al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente, y cada vez atravesó el hilo con un truco distinto. Cargó a su representante de un lado a otro, dio un salto mortal, recorrió esa distancia en bicicleta. La más curiosa de todas es que se preparó un omelette para desayunar a 50 metros de altura, con las cataratas rugiendo bajo sus pies.

¿Por qué lo hizo? Porque podía. Quien mejor lo ha explicado es uno de sus herederos, Philippe Petit, el hombre que atravesó de una Torre Gemela a otra en Nueva York. En su Tratado de Funambulismo, un libro que mezcla la poesía del lenguaje con la de la técnica, que tiene además un prólogo estupendo de Paul Auster, Petit citó como modelo del funambulista a las gaviotas:

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El puerto está desierto. El huracán cercano. La masa de viento líquido condensado entre las dos torres se lleva todo en su camino.

Los pájaros que atraviesan de un muro al otro a veces son asaltados por la borrasca que les cierra lasalascon unruido seco y los proyecta contra las rocas, donde permanecen aplastados hasta que una lengua más negra, más alta, los despega para tragarlos.

Las esternas y las gaviotas, excelentes voladores con una voz tan poderosa que se escuchan incluso sobre la tempestad, han buscado refugio muy alto en el cielo verde y se quedan en silencio.

¿Por qué hay quien baja en picada de tanto en tanto hacia lasaguas humeantes del mar que forman ahora furiosas columnas?

¿Por qué rozan gritando las poderosas mezclas de viento, polvo y espuma que saben mortales?

¿Qué hace a este animal de ojos crueles medirse contra el huracán?

Una sola ha triunfado. La tormenta le robó algunas plumas pero alcanza a sus compañeros que quieren hacerlo sujefe. Gritarán su victoria hasta la noche.

Pero él, funambulista de las olas, conoce el milagro del que ha sido objeto. Recuerda ese instante con pavor, porque será él, mañana, a quien se encontrará rígido.

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