Fanfarlo en escena


Fanfarlo en el Bush Hall de Londres

En un salón amplio y con adornos victorianos en las paredes, aparece en escena una chica con un saco de cirquero que en ella parece alta costura. A su lado, un bigote de hace un siglo con gafas 50 años más jóvenes que el bigote se cuelga el bajo. Les acompaña un chico con pinta de Buddy Holly pero con peinado londinense.

Sobre el escenario les esperan un carrillón, guitarras, un clarinete, una trompeta, una batería. Otros dos músicos con pintas parecidas -y talentos tan diversos y grandes- los alcanza un momento después. Es Fanfarlo. Es buenísimo.

Fanfarlo es un grupo acostumbrado a tomar caminos inesperados. Nacieron en Suecia como un grupo de lectura que se convirtió en una banda de música. De un disco más o menos sombrío, como Reservoir, hacen un espectáculo luminoso como el que traen en su gira.

Quien vea el anuncio, corra a comprar su boleto. Haga como que First Aid Kit, el grupo que los acompaña, no existe -son verdaderamente malas. Llegue un poco tarde o aguante: Fanfarlo vale eso y mucho, mucho más.

Por cierto, Balthazar es el nombre del sueco que unió a todos. Pueden saber más de él aquí.

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La historia se va como la arena: Kseniya Simonova


La vida puede ser como la arena: hagamos cosas bellas mientras se nos escapa”, decía el tweet de @OscarRamirezM. Lo que nos enseñó entonces es que la vida es como la arena, y como la arena es el presente y como la arena se borra la historia, aunque siempre queda. Lo que twitteó es la presentación de Kseniya Simonova, que en el concurso Ucrania tiene talento pintó en la arena la historia, la belleza, la muerte y la vida que la sigue.

No hacen falta palabras. Inclusive la música podría sobrar. Simonova plasmó sobre lo efímero la historia de una pareja que ve su idilio roto por las bombas nazis, el tiempo que pasa, las arrugas que llegan y los muertos que se van. Todo con cinco dedos y algunos millares de piedras desgastadas. Kseniya Simonova mostró cómo se pueden hacer cosas bellas con lo efímero, y cómo lo efímero puede ser bellísimo.

Es curioso que Simonova no montó una instalación o un performance en una galería: lo hizo en un programa de televisión. James Donaghy se pregunta en un blog de The Guardian qué pasaría si alguien hiciera algo parecido en Gran Bretaña tiene talento. La verdad da igual lo que digan los jueces: con que se presente alguien haciendo la mitad de lo que hizo la ucraniana en donde sea, sería genial para todos.

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Los dos Londres que caben en uno sólo


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El café 1001En realidad, en las ciudades siempre hay dos ciudades. Hay una en la que viven sus habitantes, y hay otra que es un barrio de una ciudad global, en la que viven las aves de paso o los extranjeros que se asentaron en un lugar sin querer o sin poder mezclarse con los nativos.

En el barrio londinense de esa ciudad me encontré con un orfanato bellísimo. En sus celdas viven Virgilio, Dickens, Paul Auster y Georges Bataille. Es el orfanato de libros del Café 1001, en la calle de Bricklane. El enorme librero que mira desde lo lejos al grupo que toca en vivo alberga regalos de los clientes, y los clientes pueden tomar los libros sin problema, y así dar casa a los huérfanos.

Hace unas horas pude ver también el Londres que viven los londinenses, cuando por azares del destino acabé en el Wetherspoon de Elephant & Castle, al sur de la ciudad. Entrar al lugar tiene la enorme ventaja de ver una ciudad entera resumida en un bar. En la mesa de la ventana, por ejemplo, un padre y su hijo toman café mientras que un hombre borracho perdido convence a su sombra de que “el Fulham va a arrasar mañana“. Dos chicos negros saludan a un chino y a un inglés mientras que, al fondo, una señora con una papada que le cuelga hasta la el pecho toma una cerveza con sus amigas.

Una no es más real que la otra: son simplemente dos ciudades que se superponen, con fronteras difusas pero siempre presentes, y de las que hay que entrar y salir con cuidado de no cerrar la puerta.

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“Turner estuvo aquí: y abrió fuego”


El Helvoetsluys de TurnerViéndolos lado a lado, imaginar la escena es mucho más fácil. Es el momento de los retoques a las obras, y Turner sabe que no tiene tiempo que perder. Sabe que Constable ha hecho una obra maestra. Sabe que Constable también lo sabe, y que espera confiado el veredicto de los jueces. Entonces, Turner pone manos a la obra. Su disparo será tan certero, tan discreto, que su rival, al entrar de nuevo en la sala, tan sólo exclamará: “Turner estuvo aquí. Y abrió fuego”.

La apertura del puente de Waterloo, de ConstableEl tiro que pegó Turner en la sala de la Royal Academy de Londres no mide más de unos centímetros cuadrados. Es una sencillísima boya roja que contrasta contra los fríos colores de su lienzo y le da centro, gravedad y sentido a la composición. Junto a ese cuadro, el de Constable parece un derroche, un exceso de precisión y calidez.

En el secreto de los últimos días, Turner revolucionó la pintura. Menos es más, gritó en cinco pinceladas y un retoque. ¿Para qué tanto óleo?

Pero quien mejor lo explica es el Times de Londres, en un artículo que sin duda vale la pena leer -sobre una exposición que vale muchísimo la pena ir a ver.

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Bas Jan Ader: aquí siempre es otro lado


El barco en el que quiso encontrar milagros“Es lo que tiene el mar, que desapareces. Es la desaparición más verdadera”, dice la voz en off del tráiler. El documental se llama Here is always somewhere else, y habla de la desaparición del artista Bas Jan Ader, que se perdió en el mar buscando un milagro, en 1975. Es una de esas cintas que, si se revisa solamente la contraportada, se descartan sin duda. Pero que si se ve el tráiler, atrapan sin duda. Es lo que tiene el mar.

Bas Jan Ader fue, según leo, uno de esos artistas que pusieron más arte en su vida que en su obra, que escribieron una novela de carne y hueso, en vez de una obra de óleos o latas o formaldehído. Se fue de polizón de Marruecos a Estados Unidos en un barco que naufragó; se casó con la hija del director de su escuela, y después se fue a buscar el milagro.

Parece que ahí estuvo su error. No en buscar milagros, que casi nunca es una equivocación, sino en exagerar: quiso buscar tres. Según él, iba a atravesar el Atlántico en el barco más pequeño que lo hubiera intentado. A las tres semanas se perdió contacto por radio con él. Diez meses después, su bote apareció 150 millas mar adentro de la costa de Irlanda.

Cuando estaba atracado en la Coruña, en Galicia, España, el bote desapareció. No se sabe si fue robado o el mar, no contento con la presa del capitán, cobró también ese botín.

Es lo que tiene el mar.

Vía: @anahop

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De la falda al niqab: Londres, la ciudad sexy


lookleftLas ciudades adquieren la forma de sus habitantes. Los mapas quedan relegados al olvido. Las distancias las marcan el alto de los tacones y lo apretado de una horma, no los kilómetros del recorrido; la figura está dada por lo que sus habitantes resaltan con la ropa. La forma de Roma es un zapato que brilla y aprieta, o un saco entallado y elegante; la de París, una bufanda rosa que vuela y deja detrás las amarguras; la de Londres va de una falda maravillosamente corta a un niqab pesado y total.

fashionukCaminar por la City londinense es pasar de los pantalones cortos y súper sexies a las tenebras del velo que lo cubre todo menos los ojos y de vuelta a las faldas cortas y los zapatos únicos y maravillosos.

Creo que tiene que ver con los pueblos que han compartido historia. En España, por ejemplo, no se enfrentan tanto los temperamentos porque la principal migración -o al menos la más notoria- es de latinoamericanos y de mediterráneos. Las conquistas españolas de antes y su historia de siempre han hecho que por sus calles se vean algunos velos, pero siempre con un detalle femenino -alguna borla, un detalle que brilla- y muchas faldas reggaetoneras, con el largo inversamente proporcional a la vanidad de quien la porta.

En Gran Bretaña, en cambio, las conquistas son tan distantes que al ingenio y la originalidad de los londinenses se le cruza enfrente lo más lejano y lo exótico. Las saudíes de negro que apenas despegan la vista del suelo se cruzan con la sobriedad de las sirias que, aún con la cara descubierta, llevan el cuerpo tan cubierto que la cara parece también oculta. Por suerte, a esa oscuridad se oponen por las calles la luminosidad de los saris indios, el gusto por el cuerpo y los colores -azules rey, rojos y naranjas intensos- de las subsaharianas que hacen del atuendo un arte.

Sobre todo, brillan las londinenses. Es igual si son zapatos, tenis, botas, botines; si falda, pantalones, saco o una diadema. Todas las prendas tienen una razón de ser, que puede estar en los aretes que coronan los oídos o en la falda que los acompaña medio metro abajo. Nada es gratuito. Todo es trendy. Y a fuerza de trendy, es irremediablemente sexy.

Quizá eso sea lo que hace a Londres lo que es: que a fuerza de mezclarse, a fuerza de elegancia, a punta de trendy styles, toda la ciudad es, en sí, tan sexy como sus habitantes.

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Los aeropuertos, el gris en un mundo en blanco y negro


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Son otros los idiomas, pero todavía no del todo. Los olores son del país que los acoge, pero hay tantos perfumes de fuera que no huelen al lugar donde están. Quienes los habitan pertenecen a grupos muy concretos, pero tan mezclados con otros pueblos que no se puede hablar todavía de un sitio específico. Los aeropuertos son una zona ambigua que une y separa a un país del resto del mundo. Son el gris por antonomasia en un mundo en el que a cada país le gusta jugar a que tiene un color claro y distinto.

gatwick, por Reeway2007Hace un par de días llegué al aeropuerto de Gatwick, camino de Londres. Los vuelos largos siempre desorientan, y el mal sueño -Sandra Bullock en Alaska y vin Diesel todavía más rápido y más furioso no ayudaron- hizo todo aún menos claro. Lo que se ve entre la niebla por el jetlag es más o menos así.

Lo primero que salta son los olores: los pasillos huelen a otros limpiapisos y a otros detergentes. Gatwick, además, huele al curry que comen muchos de los trabajadores, y a otro tipo de smog. Como mi vuelo se mezcló con uno que venía de Ghana en la cola de migración, la vista también cambió: las ropas sorprenden, las fotos cobran vida. Lo exótico queda a unos centímetros y comparte uno de los pocos universales reales: el odio a las filas.

Aparecen luego personajes que son como Maqroll el Gaviero, pero del aire. Gente que no sabe estar en territorios definidos y prefiere los lugares ambiguos, que pasa por el mundo como quien cambia de barrio en una misma ciudad. El que venía en mi vuelo conocía mejor el aeropuerto de la ciudad de México que nadie más en el avión, y salió al aeropuerto de Londres como quien sale a casa de un buen amigo.

Conocí a alguien así fuera de un aeropuerto. Fue en el Café de la Paix, en París. El tipo se tomaba un whisky con una mujer negra guapa y alta hasta decir basta, que le reclamaba por un vestido que le había regalado. Pasaba del inglés que hablaba con su ¿novia/amante/compañera/amiga/colega? al sueco en el celular y al francés exquisito con los camareros. Al oírnos hablar en español giró la cabeza y saludó con acento guatemalteco. Trabajaba para la ONU y, aunque su casa estaba en Estocolmo, no pasaba la noche ahí más que dos meses al año.

Así son los únicos habitantes permanentes de los aeropuertos. Son, otra vez, como Maqroll: gente de todas partes, con códigos propios y ajenos al resto de nosotros, que pasa por los puertos, aeropuertos y ciudades saltando de barrio en barrio. Gente que no soporta los colores: se mueve en las gamas, en los grises, en las fronteras.

Los aeropuertos son por eso la única casa que podrían tener.

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El aviso del bombardeo


Sobre la ciudad de México volaron hoy los aviones de la Fuerza Aérea Mexicana, y las calles en silencio retumbaron con el estruendo de los reactores. Anuncia su aparición un ruido que vibra, y después la vibración se hace sorda y grave, y hace temblar los vasos y las lámparas. Así debe sentirse el anuncio de un bombardeo, con el ruido a lo alto avisando del estallido por lo bajo.

Los pases de los cinco cazas que se perdieron en las nubes sobre el DF me encontraron tratando de poner en orden a los invasores de mi casa. La luz que me ayudaba a ver entre el polvo que cubre las maletas viejas tembló por un momento justo cuando tenía en las manos un disco viejo que recoge varios textos de Paco Ignacio Taibo I. Uno de ellos habla, precisamente, de los bombardeos, pero del otro extremo: su colofón, lo que dejan por la tierra tras tirar sus estallidos.

Los aviones que pusieron a temblar mi casa, por suerte, son de fiesta y sacaron a los chilangos a las azoteas para verlos. Espero que las cosas se queden así y nunca podamos escribir un texto bellísimo como éste que dejo aquí, en voz de Taibo I: Después del Bombardeo

bombingbelgrade

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El Grito del desánimo


#eresmexicano

Hasta hace algunos años, el día del Grito de Independencia era para los mexicanos el día del desahogo nacional. Parece que ya no. Al hecho de que los carritos con banderas tricolores ya no pululan por todas partes en la ciudad de México, para documentar nuestro pesimismo aparecieron una encuesta y un hashtag en Twitter que más que con afán patriótico me dejaron la imagen de que éste es un país bastante deprimido.

Hace un par de días, María de las Heras publicó en Milenio un sondeo según el cuál apenas la cuarta parte de la población tiene muchas ganas de salir a gritar “¡Viva México y vivan los héroes que nos dieron patria!” Sólo 40% de los mexicanos considera que la gente es amable, y menos del 25% considera que vivimos en un país de gente honesta.

Luego aparece el hashtag de Twitter #eresmexicano que termina de mostrar la pésima imagen que tenemos los mexicanos de nosotros mismos. Entre las ganas de ser patriota sin que le salga del chico con cara de Hidalgo a la idea de que ser mexicano es saberse de memoria los nombres de esos tipos con patillas y peinados raros (la descripción es de Ibargüengoitia) que hicieron patria, creo que hay poco margen para el optimismo.

No que lo haya en demasiados lugares, pero es de notarse.

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Joaquín Clausell


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Hay un Museo de la Ciudad de México en la calle de Pino Suárez esquina con Uruguay, en el Centro.

De esos museos que antes fueron lujosas casas de condes. De condes que tuvieron hijas y de hijas que se casaron con el artista, acá, todo pintor, todo formal. Todo impresionista, todo paisajista, todo Joaquín Clausell, amigo de los de la época, de Diego Rivera, de tal y tal.

Pero Joaquín Clausell se habrá sentido incómodo. Seguramente.

Vivía en la casona del suegro. De los condes de Santiago de Calimaya quienes quieran que sean. Y Clausell debía pintar cosas ad hoc: arbolitos, nubecitas, volcancitos, hojitas, paisajitos que pasaron a la historia de México como impresionistas, mal expuestas sin un marco ni nada.

Hay unas cuantas en la casona, por ahí en la pared del segundo piso que nadie visita.

Hay un tercer piso, añadido, que tampoco nadie visita. Fue el estudio de Clausell, el espacio de Clausell, su escape. Donde, quiero suponer, no entraba ni el suegro ni la esposa ni nadie más que sus amigos.

Ahora todos ellos están muertos y quien quiera puede subir al tercer piso y reconocer que Clausell pintaba lienzos para vender hacia afuera con azulitos, verdecitos y blanquitos. Pero cuando pintaba hacia dentro, en su cueva, pintó las paredes con las tripas y el corazón y el cerebro, acabando por tapizar su estudio con bocetos, siluetas, rostros, escenas y locura. Cuatro paredes repletas de su obra más personal, unos 23 metros de largo, 8 de ancho y 5 de alto.

Entonces uno va caminando por la calle de Pino Suárez esquina con República del Salvador, entra al tercer piso y se topa con el estudio de Joaquín Clausell.

museo

studio

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